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Nuestro cuerpo es una estructura natural perfecta formado por un esqueleto que cuenta con gran cantidad de huesos que cumplen diferentes funciones, entre ellas la de soporte, depósito de calcio y protector de las vísceras.

El hueso es un tejido de tipo dinámico que varía de acuerdo a las fuerzas que deba soportar, siendo además uno de los elementos más duros del cuerpo.

La osteoporosis es una dolencia que afecta al esqueleto en su totalidad disminuyendo la masa ósea con un deterioro progresivo del tejido ósea que produce una fragilidad de los huesos causante muchas veces de fracturas.

Al padecer de osteoporosis se evidencia una disminución de la masa ósea y la alteración de algunas estructuras corporales.

Osteoporosis, beneficios del ejercicio físico 1

La denominada osteopenia aparece antes de desencadenarse la osteoporosis y se trata de la disminución de la masa ósea que no siempre presenta síntomas, situación que ha llevado a definirla como la “epidemia silenciosa”. Puede no ser percibida hasta que se produce una fractura o se daña gravemente una vértebra.

Como esta pérdida de tejido óseo no presenta síntomas, cuando se detecta ya se ha perdido un 25% de la masa ósea, por ello se recalca la conveniencia de un diagnóstico previo que evitaría una pérdida tan alta.

Tanto en hombres como mujeres la densidad ósea se va reduciendo con el paso del tiempo, con la diferencia que en las mujeres esta pérdida se produce a una edad más temprana y son más afectadas por la enfermedad.

Así, las mujeres de 30 años sufren una pérdida del 10% de su masa ósea cada diez años aproximadamente y los hombres de 50 años la reducen en un porcentaje mucho menor de sólo 4,4%, en el mismo lapso de tiempo.

Los especialistas recomiendan en el caso de las mujeres que se encuentran entre los 55 y 60 años o en etapa posmenopáusica se realicen una densitometría que indicará su densidad mineral ósea para comenzar un tratamiento de ser necesario.

Por otra parte,  la aparición de la osteoporosis es muchas veces causada por una disminución de los estrógenos, una alimentación desequilibrada con falta de nutrientes esenciales y sedentarismo.

La actividad física es una excelente forma de prevención de esta enfermedad y en algunos casos resulta un magnífico tratamiento.

Esto es así tanto por la contracción muscular como por el efecto de la gravedad que producen fuerzas que aumentan la vascularización en la zona.

Además, el soportar el peso del propio cuerpo y el impacto que se produce en las estructuras esqueléticas promueve que la densidad ósea aumente.

En la actividad física practicada se recomienda que el volumen de la carga sea importante, con movimientos de fuerza bajos y rápidos, haciendo constantemente cambios de dirección.

Cuando se inicia un programa de ejercicios los resultados podrán apreciarse recién transcurridos unos ocho meses, teniendo presente que si se realiza una actividad moderada y con poca frecuencia esto no generará el estimulo para que se produzca la remodelación ósea.

Es necesario conocer el estado del esqueleto antes de comenzar con un programa de ejercicios cuando la enfermedad ya se encuentra instalada.